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Bienvenida la nueva empresa

Con edad promedio de 30 años, desafían a sus padres con un enorme desapego por la acumulación de riqueza personal, con su desenfado para crear empresas y organizaciones y con un fin declarado de transformación social. No quieren ser simplemente un aporte: se hacen cargo de hacer de Chile un país inclusivo.

Por Ignacio Larraechea

La sensación de estar frente a una nueva manera de hacer empresa es compartida en distintos espacios. Por mi parte, estoy convencido de que el cambio no “viene”, sino que ya comenzó. Algunos avanzados están leyendo con lucidez “los nuevos códigos del banquete”, como dijo Pablo Bosch en Icare. Desde el espacio privilegiado de articuladores que tenemos en Acción RSE, vemos cómo se desencadenan dinámicas de transformación que no harán sino consolidarse,  proyectarse e institucionalizarse.

La indignación y la vergüenza son excelentes movilizadores. El revuelo que han causado diversos eventos que han comprometido la fe pública en las empresas y que años atrás ni siquiera se habrían divulgado, es la mejor prueba de ello. Y es que el nivel de confianza en las empresas está por el suelo (Un 14,3% según la encuesta de la UDP 2012).

La sociedad, además de rechazar de plano cualquier asomo de abuso, parece haber definido un nuevo marco de expectativas y exigencias sobre el sector privado, según el cual éste ya no es sólo evaluado por su rol de productor de bienes y servicios, optimizando la eficiencia en el uso de los recursos. Hoy se le exige también aportar a una mejor sociedad, tanto en lo ético como en lo ambiental, lo social y lo laboral. Se espera que las empresas sean transparentes en sus decisiones y que se conecten con las grandes aspiraciones sociales. En Chile, en particular, se les pide que sean protagonistas de una sociedad más inclusiva.

Tanto por la necesidad de responder a estas expectativas como por la convicción de que es necesario gestionar de otra forma es que algunas empresas ya están en una senda distinta: tienen políticas de sustentabilidad y directores a cargo que reportan a la cabeza de la compañía; hacen co creación de valor con las comunidades en las que operan; trabajan por la calidad de vida de sus colaboradores y minimizan sus impactos en el medio ambiente, por nombrar algunas dimensiones. Una realidad que coexiste con prácticas de “la antigua empresa”, que es la que todavía se gana titulares en los medios de comunicación y genera comentarios en las redes sociales. Pero mi optimismo me alienta a decir que es sólo cuestión de tiempo para que la presión de consumidores, comunidades y trabajadores haga inviables los negocios que no sean eficientes en todas estas dimensiones. Los cambios en las instituciones, por medio de nuevas exigencias legales y de relación con lo público, se darán tarde o temprano. Y, una vez más, las dinámicas empresariales irán más rápido que las transformaciones institucionales.

Está emergiendo una nueva generación de emprendedores que no busca adaptarse a este nuevo marco para sobrevivir, sino que lo tiene internalizado. Genuinamente desean esta transformación y quieren ser sus protagonistas. Chile es testigo de una“generación dorada” de empresarios que hoy, con edad promedio de 30 años, desafían a sus padres con un enorme desapego por la acumulación de riqueza personal, con su desenfado para crear empresas y organizaciones y con un fin declarado de transformación social. No quieren ser simplemente un aporte: se hacen cargo de hacer de Chile un país inclusivo.

Ésta es una gran noticia, pues una sociedad no puede prescindir de sus emprendedores si quiere desarrollarse de manera sustentable. Esta nueva empresa a la que decimos ¡bienvenida! es perfectamente capaz de responder al desafío que planteara con claridad el dirigente social Iván Fuentes en el Encuentro “Ver para creer”: “No queremos joderles la pita a los empresarios, queremos que les vaya bien, ¡pero no se olviden de nosotros!”.

 

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