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Dolor que estalla…

Doctor perdone mi osadía, que me hace mencionar lo que a Ud. le sucedió. Debemos estar alertas y equipados para no ser atrapados por el mal de la “soledad y el silencio”.
Cuando lea esta columna, en el más allá, tal vez me dará la razón, pues tiene que haber llegado un momento en que ya no pudo más con el dolor de su herida. Le faltó el amigo (a), ese que dice “proverbios”, que el que lo encuentra, encuentra un tesoro. Un amigo (a) que lo hubiera comprendido en su desdicha y melancolía, sabio, un buen consejero, capaz de acompañarlo y aligerar su mochila que por llevarla sin ayuda, se hizo insoportable; arrojándolo fuera del camino, con su tristeza, la maldita desesperación y la peligrosa frustración.

Por Nicolas Vial

Padre Nicolás Vial, Presidente y fundador de Fundación Paternitas

Hemos quedado paralizados ante  la noticia de  la muerte de los tres niños Ramírez  Merchak y posterior suicidio del doctor Francisco Ramírez en Curicó. Chile entero bajó la guardia, detuvo la carrera de sus actividades y reflexionó en torno a un episodio tan horrible y desquiciado como macabro y monstruoso.

Las noticias, a través de todos los medios nos han tratado de explicar cómo se dieron los hechos, pero mientras más nos adentrábamos en sus distintos  aspectos, más nos desconcertaba y no son pocos los que se preguntaban el por qué llegan a suceder estas  acciones dejando una estela de sufrimiento, angustia, dolor y miedo.

Muchas comienzan a ser las respuestas que surgen ante episodios de esta magnitud, pero al fin y  al cabo, las verdaderas razones que motivaron la reacción del doctor Ramírez, quedarán en la más absoluta oscuridad y nadie, por muy experto que pueda ser, acertará a la real motivación que llevó a cometer  este delito. Quizás no sea lo importante  ya detenerse en lo que pudo ser la causa de esta tragedia. Ese conocimiento, si lo supiéramos, no revierte ninguna urgencia, porque el dolor que el doctor llevaba a cuestas en lo profundo de su alma, sea cual fuera, lo  encadenó y cegó. En un momento dado, sin duda, en la noche más  oscura de su razón y de su  capacidad de amar algo estalló en la  profundidad de su ser. Ya no pudo más…La irracionalidad y el odio levantaron esa  turbulencia demoníaca que lo condujo  a la maquinación mortal.

Doctor  perdone mi osadía, que me hace mencionar  lo que a Ud. le sucedió. Debemos estar alertas y equipados para no ser atrapados por el mal de la “soledad y  el silencio”. Cuando lea esta columna, en el más allá, tal vez me dará la razón, pues tiene que haber llegado un momento en que ya no pudo más con el dolor de su herida.

Le faltó el amigo (a), ese que dice “proverbios”, que el que lo encuentra, encuentra un tesoro. Un amigo (a) que lo hubiera comprendido en su desdicha y melancolía, sabio, un buen consejero, capaz de acompañarlo y aligerar su mochila que por llevarla  sin  ayuda, se hizo insoportable; arrojándolo fuera del camino, con su tristeza, la maldita desesperación y la peligrosa frustración.

Quizás usted, como  hombre prestigioso, buen papá y esposo, profesional querido y admirado no supo cómo expresar  ese otro lado de la vida, ese que  pensamos vergonzoso y absurdo, pero tan real y verdadero como el del éxito y el  de las luces.

Ahora  verá  que  llegamos al mundo como reyes y mendigos, algunas veces el rey se destaca más y otras el mendigo, las más de las veces entremezclados sin que se haga ver ni  uno ni  otro, pero cuando  insiste el mendigo debemos  aprender a pedir ayuda, a  contar nuestras penas, a mostrar nuestras llagas; sin pudor   porque vean nuestras lágrimas. Aprendimos  una lección, al  ponerla en práctica tendremos más herramientas, en la hora de la tribulación, para  no matar, ni morir.

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