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«Hoy más que nunca trabajamos por la Banca Ética Latinoamérica»: Joan A. Melé, Banca Ética Latinoamerica

Desde el confinamiento al que me tienen sometido en Barcelona, quería compartir con ustedes algunos pensamientos y vivencias que me acompañan estos días, con el ánimo de que les puedan ser de utilidad.

Desde el confinamiento al que me tienen sometido en Barcelona, quería compartir con ustedes algunos pensamientos y vivencias que me acompañan estos días, con el ánimo de que les puedan ser de utilidad.

En primer lugar quiero manifestar que me siento en un estado de total calma y serenidad ante todo lo que está pasando, y he de confesar que algunas personas me lo han recriminado. ¿Cómo puedes estar tan tranquilo con la que está cayendo?

Cuando me hicieron esta pregunta, yo mismo me lo pregunté. Y me doy cuenta que ésta ha sido mi actitud toda la vida, cuanto más graves son los acontecimientos, más serenidad y confianza se apoderan de mí. En parte lo atribuyo a la educación que recibí de mis padres. Ellos vivieron la Guerra Civil española, y luego una posguerra que fue durísima y duró muchos años. Me lo contaban con todo lujo de detalles, pero nunca expresaron una queja, una lamentación, o un asomo de desesperanza. A pesar de todo lo vivido, nunca perdieron la serenidad ni la confianza en la vida, o mejor dicho, la confianza en la Providencia. Estaban convencidos de que todo cuanto nos acontece tiene un sentido, confiaban en la voluntad de Dios, y esto incluía las enfermedades y las muertes de seres queridos.

A mí me educaron en la austeridad y en el esfuerzo. Con el pan seco se hacía una buena sopa, y un pantalón roto no tenía otro futuro que la costura reparadora. Nunca me faltó nada, pero nunca desperdiciamos nada. Y el esfuerzo tenía que ver con el honor. Recuerdo que mi padre me enviaba a buscar agua a un manantial que estaba a unos dos kilómetros de mi casa, y yo me llevaba dos garrafas de vidrio grueso, recubiertas de mimbre y hierro, que una vez llenas debían pesar unos 10 kg cada una. Lógicamente, debía hacer paradas para descansar, pero llegaba a casa con el orgullo de haberlo conseguido.

También mantuvieron siempre un espíritu de fraternidad con las personas que tenían más dificultades que ellos. Habían crecido y se habían educado en pequeñas poblaciones en las que ese espíritu de colaboración era algo normal.

Luego vinieron tiempos de progreso económico y de modernidad, y con ello, el llamado estado del bienestar. Comprar, poseer, bienestar personal y una vida cómoda pasaron a ser los nuevos valores de la sociedad. Se pasó del “ser” al “tener”, y ello nos ha llevado a la situación actual en el mundo. No hace falta que la describa, es de sobras conocida.

Hoy toda la población mundial está alertada por el coronavirus, y sumamente preocupada y atemorizada por las personas afectadas, y por el número de fallecidos, y es normal que así sea. Todas las televisiones del mundo están enfocadas gran parte del día a retransmitir esta noticia de forma exhaustiva, porque es la noticia de actualidad más importante, y no digo que no lo sea.

Pero me pregunto por qué no hemos tenido la misma sensibilidad con problemas igual o más graves que han afectado, y afectan, a cientos de miles e incluso millones de personas en todo el mundo en los últimos años: el hambre (según la UNICEF, cada día mueren 8.500 niños de desnutrición), la pobreza, la falta de acceso al agua potable, millones de desplazados por guerras, la prostitución infantil, etc. Estas graves desgracias no nos han movilizado ni la centésima parte de lo que nos ha movilizado este virus. Al menos nos ha servido para recordarnos que los seres humanos y la Tierra estamos totalmente conectados, somos un solo ser. Pero, ¿habrá sido suficiente para despertar nuestra conciencia social y hacernos sensibles a los problemas de todos los seres humanos? ¿Tratarán los medios de comunicación estos problemas con la misma intensidad, o cuando pase el coronavirus volveremos a nuestra indiferencia de siempre?

Comencé a trabajar en el mundo de la banca en los años setenta del siglo pasado (¡qué lejos parece lo de siglo!). Viví el final de una época de tranquilidad en la economía. Luego ya vinieron grandes crisis, como la de los ochenta con el tema del petróleo y la guerra del Golfo, la de finales de los noventa con la incertidumbre del cambio de siglo y el apocalipsis informático que se anunciaba, el 11 de septiembre en New York, y finalmente la brutal crisis financiera que estalló el 2008. Todas estas crisis han tenido diferentes características y niveles de impacto, pero todas han tenido algo en común: el miedo que han generado. Y ahora, mirado desde la distancia, me atrevo a asegurar que si no se hubiera creado una campaña mediática de miedo alrededor del problema económico en cuestión, esas crisis no habrían alcanzado tal nivel de profundidad y se habrían podido solucionar antes.

También he podido observar como estos miedos provocan comportamientos irracionales y egoístas, que acaban provocando más perjuicios en la vida social. Y ahí quienes pierden siempre son la mayoría de los ciudadanos de a pie, que desconocen los entresijos que se mueven entre bastidores, y que con la intención de proteger “lo suyo” y “a los suyos”, acaban contribuyendo a su propio malestar y al de los demás. El miedo nos hace perder la dignidad, nos vuelve egoístas y, al final, responsables de las consecuencias.

Llevamos décadas con este modelo de comportamiento que corresponde a un “ser humano caducado”, y ya no podemos seguir así. Es el momento de que surja un nuevo ser humano que reconecte con esos valores de los que hablaba al principio, y los lleve a una nueva dimensión más elevada y más atrevida. Y creo que este ser humano del futuro ha de tener el coraje de desarrollar tres cualidades que llevamos dentro en potencia, pero que requieren de voluntad y esfuerzo para que puedan surgir y transformar la sociedad. Esas cualidades deberían volver a inculcarse en la educación de la infancia.

La primera es la compasión hacia todo sufrimiento humano: la gente en situación de calle, los que han tenido que emigrar, los enfermos, los heridos, etc. Pero compasión no es lástima, sino sufrimiento compartido. Algún día deberíamos llegar a sentir cualquier dolor ajeno como propio. Como decía Dostoievski, ninguna estructura social tiene derecho a subsistir si está fundada en el sufrimiento, aunque solo sea de un sólo ser humano. Y tenemos que darnos cuenta que, aquello que no aprendamos por amor, deberemos aprenderlo con dolor.

La segunda cualidad es la paciencia ante cualquier contratiempo o sufrimiento moral o físico. Esta paciencia está vinculada a la confianza de que todo sufrimiento pasará, y que en nosotros reside la fuerza y las capacidades para superarlo. Esta paciencia y este saber llevar con serenidad y confianza todas las dificultades de la vida, despierta en nosotros todo nuestro potencial, y puede convertirse en ánimo y consuelo para los demás, y por lo tanto, en algo sanador.

Y en tercer lugar, el espíritu de sacrificio que también podríamos denominar inegoísmo. La palabra sacrificio no significa sufrimiento, sino que viene de sagrado. En la antigüedad se ofrecían sacrificios a los dioses, y siempre consistía en los mejores animales del rebaño, o los mejores frutos recolectados. Era un acto de reconocimiento y de agradecimiento por todo lo recibido. Deberíamos darnos cuenta de que nos lo han dado todo: la vida, la alimentación, la educación, etc. Y cuando somos capaces de reconocer lo recibido, y de sentir compasión por los que sufren, entonces puede surgir esa cualidad que consiste en decir: no yo, sino que a través de mí pueda llegar a los demás lo que necesitan.

Quizás a algunos les sorprenda que un banquero esté hablando de estas cosas. Les confesaré que me comprometí en el proyecto de banca ética por un tema de compasión y espíritu de sacrificio, y también porque a lo largo de mi vida he desarrollado suficiente paciencia como para aguantarlo. Sí, estamos creando un banco ético en Latinoamérica no por una ambición personal, sino porque sabemos que podemos ayudar a miles de personas a salir de la injusta situación de desigualdad en la que se encuentran. Y porque estamos mostrando cómo se pueden financiar a empresas rentables que respetan absolutamente al medioambiente.

Sé que en los últimos años ustedes han hecho muchos esfuerzos y sacrificios para llegar hasta donde estamos ahora. Quizás es la parte menos visible y menos agradecida, pero al igual que los cimientos de una casa, es sumamente importante e imprescindible para sostener a lo que se va a edificar. Y ahora que ya nos toca comenzar a levantar el edificio, nos llega esta complicación del virus. Lo peor que podría pasar es que cayeran en la tentación del desánimo, porque les aseguro que superaremos esta crisis, y la superaremos juntos.

No se dejen manipular por las campañas mediáticas de miedo. Les animo a que miren en su interior y descubran ese nuevo ser humano que quiere surgir. Les animo a que se comprometan más que nunca con nuestro proyecto, y se enfoquen en buscar inversores y empresas que necesiten financiación. Sigamos trabajando con la misma energía y entusiasmo que hemos mostrado hasta ahora, y fortalezcamos aún más nuestra comunidad con todo el apoyo que necesita.

No esperen a que pase la crisis para estar tranquilos, generemos nosotros la tranquilidad. Frente a la epidemia de coronavirus, les propongo que generemos una epidemia de conciencia, de entusiasmo y de compromiso con nuestra sociedad; descubrirán que también es contagiosa.

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