Solidaridad: en la senda de la empatía

Nos resulta difícil la práctica efectiva de la solidaridad que tiene como presupuestos la justicia y el amor. Una de las razones de ello es que cada vez tenemos mayores barreras para ejercer la empatía, para sentir lo que ellos sienten cuando educan a su hijos en espacios que no cuentan con los recursos necesarios, cuando viven con sus familias en barrios segregados, cuando reciben un salario que no les permite ‘terminar el mes’, cuando asisten a un consultorio de salud ‘no resolutivo’ o simplemente cuando se sienten tratados como ‘productos desechables’.

Por Benito Baranda
Benito Baranda
Benito Baranda, representante de organizaciones sociales, presidente ejecutivo de América Solidaria y fundador de Sociedad Anónima.

Hace unos años el Parlamento declaró el 18 de agosto como el día nacional de la solidaridad reconociendo con ello la excepcionalidad del Padre Hurtado en sus aportes a un entendimiento mayor en la compleja sociedad chilena de la década de los ’40. Época fuertemente tensionada por reformas pendientes, por desigualdades sociales groseras y por las consecuencias de las fuertes divisiones mundiales que generó la gran guerra. Chile presentaba indicadores desastrosos en educación, vivienda, salud (especialmente infantil) y salarios. A este escenario se sumaba la ya conocida inequidad social que tocaba la totalidad de los ámbitos de la vida de las personas. Si bien Alberto Hurtado era conocido y escuchado; no necesariamente sería respetado ni querido ya que ingresó las áreas más controversiales de la época: situación de vida de los más pobres y al trato que se le daba a los trabajadores involucrándose en los movimientos sindicales, lo que le trajo más de alguna crítica y hubo quienes inclusive lo ‘bautizaron’ como el ‘cura rojo’.

¿Por qué el luchar por la dignidad de la personas genera tanta tensión y provoca cierto grado de intranquilidad? También hoy día nos resulta extremadamente difícil la práctica efectiva de la solidaridad (el Padre Hurtado la llamaba ‘sentido social’), que tiene como presupuestos la justicia y el amor. Una de las razones de ello es que cada vez tenemos mayores barreras para ejercer la empatía, para ponernos efectivamente en el lugar de los demás, para sentir lo que ellos sienten cuando educan a su hijos en espacios que no cuentan con los recursos necesarios, cuando viven con sus familias en barrios segregados, cuando reciben un salario que no les permite ‘terminar el mes’, cuando asisten a un consultorio de salud ‘no resolutivo’ o simplemente cuando se sienten tratados como ‘productos desechables’. La práctica de la empatía requiere estar más centrado en los ‘otros’ que en uno mismo, en darse cuenta que ‘todas nuestras acciones repercuten en los demás’ (Padre Hurtado) e implica hacer a los ‘otros’ lo que a mi gustaría que hicieran conmigo si estuviese en su misma situación.

La solidaridad organizada desde el Estado o la sociedad civil es la que provee de justicia y cohesión social, y éstas son las fuentes desde donde nace una paz social duradera, en la que las familias logran vivir con mayor armonía y las oportunidades sociales se presentan con mayor equidad. No sigamos huyendo a lo evidente ni escondiéndonos de lo que ‘no queremos ver’, impliquémonos en la realidad y seamos capaces de entender la construcción de la solidaridad en una trabajosa tarea que implica sacrificio y renuncia.

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