Menú

Tienen cuneta

Gary Medel aseguraba que de no haber sido por el fútbol hoy no estaría en el Sevilla, sino en la cárcel. Alexis Sánchez nació en una cancha de tierra de Tocopilla y Fabián Orellana –recién retornado a la selección- alguna vez tuvo que terminar abruptamente una pichanga porque en la hinchada rival se esgrimían pistolas.

Por Aldo Schiappacasse

En el argot futbolero, tener cuneta es haber crecido deportivamente en una cancha de barrio y, por lo tanto, dominar los códigos más básicos del conflicto y la competencia. Gary Medel aseguraba que de no haber sido por el fútbol hoy no estaría en el Sevilla, sino en la cárcel. Alexis Sánchez nació en una cancha de tierra de Tocopilla y Fabián Orellana –recién retornado a la selección- alguna vez tuvo que terminar abruptamente una pichanga porque en la hinchada rival se esgrimían pistolas.

Convertirse en jugador profesional sigue siendo la vía de escape más rápida a la pobreza. Eso pasa en Africa, en los suburbios de París y, por supuesto, también en Chile. La selección sub 20 que acaba de clasificar a Turquía fue una demostración clara de ese fenómeno. Nicolás Maturana, por ejemplo, se forjó en el Centro de Aldeas Mis Amigos de Peñaflor, una entidad que trabaja con el Sename para permitir que niños en riesgo canalicen sus talentos detrás de una pelota. Nicolás Castillo, el goleador de esa selección y hoy tasado por la UC en 8 millones de dólares hizo sus primeros tantos en la población Huamachuco 1 de Renca. Y Bryan Rabello, que saltó directamente a la Roja adulta de Sampaoli, tuvo su bautizo en las canchas de la Claudio Arrau de Rancagua.

Es proceso que las canchas de barrio tienen importancia vital no sólo desde el punto de vista social, sino también desde la generación de las nuevas camadas de ídolos del fútbol chileno, un espejo donde muchos niños pueden verse. Tener cuneta es ser  bravo, despreciar la historia, batallar sin descanso por conseguir la fama, aunque a veces –como en el Sudamericano de Mendoza y bajo las arengas del Che Guevara impartidas por el técnico Mario Salas- fuera también pasarse de revoluciones, sobregirarse en las tarjetas rojas o caer en la inconducta deportiva.

No puede existir en Chile –ni en ningún rincón del planeta- un barrio popular sin cancha de fútbol porque eso sería, derechamente, mutilar las legítimas opciones de crecer de cientos de niños. Una obligación social y estatal que muchas veces topa con el desarrollo urbano, con la mala planificación o, sencillamente, con la desidia.

Hoy hay, además, un aliciente particular. La FIFA establece, por reglamento, que el club formador recibirá un porcentaje de las millonarias transferencias al extranjero. El Chupete Suazo, por ejemplo, le significó 22 millones de pesos  al club Torino de San Antonio mientras que el barcelonista Alexis Sánchez aportó al Arauco, club amateur donde lo descubrió el alcalde de la ciudad, 188 millones tras el fichaje en el cuadro catalán.

Tienen cuneta, que en la práctica es decir que se forjaron en el rigor del barrio más que la academia de las divisiones inferiores. Un trampolín que no puede desaparecer, por más que el Estado en los últimos años se haya dedicado a construir grandes estadios para las sociedades anónimas que privatizaron el fútbol. Un contrasentido inentendible para los niños que necesitan una cancha para hacer volar sus sueños.

Déjanos tu comentario