Menú

Víctima por su color de piel: una historia de rechazo y discriminación

Me lleva 20 minutos caminar de mi casa a la oficina. Mientras camino suelo sentirme complacida de lo que hago aquí, busco motivos para sentirme orgullosa y especial. Especial por haberme desprendido de mis comodidades y haberme desarraigado de los míos. Basta un toque de claxon de automóvil para traerme a la realidad y ser consciente de que lo que hacemos los voluntarios y voluntarias. No es nada especial, es solo parte de la responsabilidad que tenemos como seres humanos y la retribución que hacemos a la vida por las bendiciones que a diario recibimos.

Por Patria Barreto, Abogada Voluntaria América Solidaria
Patria Barreto, Abogada Voluntaria América Solidaria

Han pasado ya nueve meses desde que soy abogada voluntaria de América Solidaria en el Servicio Jesuita a Migrantes en Antofagasta. Hoy, como siempre, desperté, tomé una ducha de agua caliente, agarré mi mochila y salí raudamente.

Camino a la oficina voy pensando en lo que haré en el día, hoy será un día bastante agotador, pienso. A medida que avanzo comparo las calles de esta ciudad con mi ciudad natal. Giro la cabeza hacia la izquierda y veo un espléndido mar, azul como el cielo despejado de este día. Giro a la derecha y veo el imponente desierto, que maravilloso contraste, me digo a mi misma mientras sigo caminando.

Me lleva 20 minutos caminar de mi casa a la oficina. Mientras camino suelo sentirme complacida de lo que hago aquí, busco motivos para sentirme orgullosa y especial. Especial por haberme desprendido de mis comodidades y haberme desarraigado de los míos. Basta un toque de claxon de automóvil para traerme a la realidad y ser consciente de que lo que hacemos los voluntarios y voluntarias. No es nada especial, es solo parte de la responsabilidad que tenemos como seres humanos y la retribución que hacemos a la vida por las bendiciones que a diario recibimos.

Llego a la oficina y me preparo un té, normalmente lo tomo sentada en mi escritorio, mientras prendo la computadora y ordeno mis expedientes que dejé el día anterior. Veo fotografías, muchas, en cada copia de pasaporte con la que inicio los expedientes. Las fotografías que veo, son de personas migrantes, madres, padres, jóvenes, la mayoría morenos, todos unidos por un relato de discriminación y exclusión, que los acompaña desde que inician su proceso migratorio o, incluso, antes.

Recuerdo a una de las primeras personas que atendí, la llamaré Zulema para resguardar su derecho a la intimidad. Zulema, una madre ecuatoriana, al llegar a la oficina me mostró un papel que cuidadosamente sacó del fondo de su cartera, me apuro a revisar el contenido y veo que es una orden de expulsión del país. Con miedo y lágrimas en los ojos, me cuenta que tiene un hijo de siete años que está estudiando ahora, pero que no recibe los beneficios que tienen los demás niños en la escuela por ella está en situación irregular.

Ya no puedo más, me dice, llevo más de tres años así. Me levanto todos los días a las seis de la mañana para alistarme y llevar a mi hijo a la escuela. Lo dejo e inmediatamente voy a mi trabajo. Allí cuido a dos niñas, me encargo de cocinar, limpiar, lavar, planchar y toda tarea que surja en el momento. Trabajo de 7 a 7 por un sueldo inferior al básico, pero tengo miedo de reclamar pues podría ser despedida y dejaría de llevar el sustento a mi hogar. Cuando veo un carabinero por la calle, huyo inmediatamente, no porque cometí un delito, sino por miedo a que me pidan mis documentos y al ver mi situación me deporten del país. Pienso que el único delito que cometimos aquí, es ser migrantes y con rasgos físicos que, en este país, no aceptan.

Sigo leyendo el documento y el motivo de la expulsión es el ingreso clandestino. Le pregunto los motivos de esa situación y me cuenta que se vio obligada a hacerlo de esa forma porque la autoridad migratoria de frontera pensó que el pasaporte que presentaba era adulterado, pues decía ser ecuatoriana, cuando en realidad, sus rasgos físicos correspondían a una colombiana. ¡Sí! es negra, y por ello fue víctima de discriminación y xenofobia. En la frontera y después de un rechazo, se tiene dos opciones, regresar a tu país o intentar ingresar de cualquier modo, probablemente pesa más la segunda opción, pues ya no se cuenta con los recursos económicos para emprender el retorno al país de origen y los motivos que impulsan a uno a salir del suyo son tan poderosos que difícilmente se dé marcha atrás.

Agotada y compungida por la historia que acabo de escuchar, me paro para despejar mi mente, al salir a la sala de espera veo rostros y puedo percibir algo de desesperanza en sus miradas. Llevan ya varios minutos, esperando ser atendidos por la trabajadora social, quien después de varias preguntas, evaluará el caso y, como muchos, serán derivados al Programa Jurídico.

Hoy nuevamente llegó Zulema a la oficina, pero no es un día cualquiera, hoy el sol brilló más para Zulema, fue notificada con la resolución que revoca su orden de expulsión. Al verme me abraza, me agradece y me da bendiciones, hoy el sol brilló más para mí también. Recibo con gusto y alegría su agradecimiento, pero muy dentro de mi pienso que nunca debió llegar al SJM, pues nunca debió ser rechazada en la frontera por sus rasgos físicos. Nunca debió ser víctima de constantes maltratos y de un sistema absurdo, que nos ve como enemigos y no como sujetos de derechos, como iguales, como lo que somos, seres humanos, iguales en dignidad.

Hoy Zulema, tiene la oportunidad de regularizar su situación migratoria y el pequeño Fabián, la oportunidad de sentirse igual que los demás niños de la escuela. No hay nada de que agradecer, esto nunca debió pasar, y mi fugaz paso por la vida de Zulema, fue solo para reivindicar un derecho que nunca le debió ser negado, su derecho a migrar.

Déjanos tu comentario