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Yo amo a Abelardo

¿Habrá alguien, en el gran abanico que aspira a ser presidente, que esté dispuesto hoy, en medio de las demandas callejeras, a dar un paso al frente para decirnos cuál es su pensamiento concreto para la educación y cómo vamos a lograr financiarlo?

“I love Big Bird”, exclamó exultante Mitt Romney, candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos en el primer debate contra el Presidente Barack Obama. Como estoy por estos días en Boston, pude seguir in situ las reacciones de la gente, sobre todo la de dos deprimidos pero airados estudiantes españoles porque su país fue puesto como el único mal ejemplo de gestión financiera. “Habiendo otros peores”, se resignaron.

Pues bien. Big Bird es el pájaro grande amarillo de Plaza Sésamo en su versión en Inglés. Para nosotros, que vimos la mexicana, es Abelardo y, en rigor, es verde. En España se le conoce como Gallina Caponata y lo que representa el pajarraco en todo el mundo es un ejemplo de buena televisión infantil pública. El programa, creado hace décadas e internacionalizado con gran éxito, sólo es posible gracias al financiamiento público de la PBS (Public Broadcasting Service), que en Estados Unidos recibe platas exclusivamente del Estado.

Mitt Romney, en su plan de ajuste fiscal y reducción del déficit, anunció que bajará los fondos para PBS, detonando un apasionado y entretenido debate que recogieron los medios el día después de su intervención, donde manifiesta su amor por Big Bird, pero anuncia que le recortará el presupuesto.

Es, en el fondo, lo que se discute hoy en todo el mundo. En la Europa en crisis y en el Chile de las demandas estudiantiles. En medio de los problemas financieros o la crisis del sistema de educación pública, lo trascendente es cómo y con cuánto están dispuestos los gobiernos a apoyar una de las principales herramienta contra la pobreza y la desigualdad, aunque Romney –y la derecha en general- crean que lo fundamental sigue siendo la generación de nuevos empleos. Con España, Francia, Grecia y otros países movilizados en defensa de los aparatos públicos de enseñanza, tan necesarios y al mismo tiempo tan en deuda, la confrontación no es novedosa, pero sí muy contingente.

Mirando el debate y habiendo cursado toda mi educación en el sistema público chileno, debo decir que me carcome la impaciencia por conocer los proyectos que presentarán los candidatos presidenciales para las próximas elecciones. Cuáles serán sus ideas, donde recortarán y donde aumentarán el aporte, qué ideas frescas aportarán al crecimiento de una gran maquinaria en crisis, cómo seducirán a los estudiantes, que por vez primera, podrán sumarse o restarse al proceso democrático.

¿Habrá alguien, en el gran abanico que aspira a ser presidente, que esté dispuesto hoy, en medio de las demandas callejeras, a dar un paso al frente para decirnos cuál es su pensamiento concreto para la educación y cómo vamos a lograr financiarlo? Lo estamos esperando. Para saber quién, realmente, ama a Abelardo.

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