Mamás SOS: una vida dedicada a los niños y niñas de Aldeas Infantiles

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Graciela Moraga ha criado a más de 100 niños desde que empezó a trabajar en Aldeas cuando tenía 18 años, en el año 1969. Hoy, con 65 años, sigue entregada a su labor en la organización, criando a los niños y niñas acogidos en la Aldea de Santiago y ayudando a su pronta revinculación.

aldeas2Graciela Moraga, más conocida en Aldeas como “tía Chely”, entró como mamá SOS en el año 1969, por intermedio de unas monjas del colegio en el que ella estudiaba en Talcahuano. Ella siempre quiso trabajar con niños y contribuir a su protección y desarrollo. Esto, luego de que una vecina le habló de la labor que realizaba Aldeas Infantiles SOS y supo que quería dedicarse a ello. Realizó las gestiones necesarias para entrar y quedó seleccionada.

De esta forma, Graciela ayudó a poner la primera piedra en la Aldea de Bulnes, en el sur de Chile. Cuando llegó, lo primero que encontró fue un gran campo, no había nada más que cultivos y plantas y trabajaron duro para construir el hogar que albergaría a cientos de niños por muchas generaciones. En ese entonces tan solo tenía 18 años.

Fueron dos mamás que conformaron la nueva Aldea, la segunda sede de la organización en Chile. No tenían muchos recursos, pero sí muchas ganas. Armaron dos familias, con 12 niños cada una que llegaban de distintas ciudades del sur, desde bebés hasta niños de 15 años. Vivían en  una casita de adobe donde no había ni estufas, ni calefón, ni televisión, nada de nada. Se lavaba a mano, se hacía el pan en casa, compraban la harina por quintales y tenían un único brasero para dar calor a toda la casa. Graciela recuerda que vivían «de forma sencilla, pero eramos muy felices».

De a poquito fue creciendo la Aldea, llegaron más niños y se construyeron casas más sólidas allá por el año 1972. En aquella época había mucha necesidad y los que trabajaban en la Aldea contribuyeron a crear un lugar agradable donde los niños se sintieran a gusto, pintaron y decoraron las casas y las fueron equipando de forma bonita. Era un lugar rodeado de naturaleza, había huertos donde cultivaban frutas y verduras y también animales, de los que se abastecían de carne y de donde sacaban la leche cada mañana.

En esa época Graciela confirmó que había encontrado un trabajo acorde con la vida que ella deseaba vivir, esa era su idea de libertad y de plenitud. No tenía nada que ver con ganar dinero para poder administrar su tiempo y sus aficiones a su antojo, sino con poder vivir de su vocación sin más recompensa que ver crecer sanos y felices a todos los niños que la organización acogía.

Graciela echa la vista atrás y se acuerda de cada uno de los niños, niñas y adolescentes que ha criado: muchas generaciones, cerca de unos 100 o 120 niños que ha cuidado y visto crecer. En Bulnes estuvo 12 años a la cabeza de una casa, después estuvo en otra unidad que se llamaba Comunidad Juvenil, en Concepción, que trabaja con niñas adolescentes, tenía unas 25 en total. Posteriormente la trasladaron a Arica, donde estuvo unos 20 años en un centro de varones en el Valle de Azapa y luego pasó a la ciudad. Estando en Arica, en el año 2009, la jubilaron, aunque Graciela reconoce que no quería jubilar, se sentía vital y con muchas fuerzas para seguir ayudando a niños y adolescentes.

“A la Aldea la llevo en el alma y para mí es razón y corazón”, por eso, cumplió la petición y se jubiló, volvió a su ciudad natal, Talcahuano, a cuidar a su madre enferma, pero siguió con el sentimiento de “quiero volver a la Aldea”. La llamaron para apoyar a las nuevas cuidadoras SOS y para hacer inducción y capacitación, de esa manera, se reincorporó en la Aldea de Concepción. Como no había personal suficiente, Graciela se quedó y siguió trabajando entregada a su labor en Aldeas.

Estuvo en Puerto Varas, en Santiago, en Bulnes de nuevo, en Antofagasta y en la mayoría de las Aldeas de Chile. No sólo eso, les llamaron de Argentina porque necesitaban refuerzos y gente experimentada como ella, por eso, también trabajó un tiempo en el país vecino. Más tarde, Aldeas le llamó y le pidió si podía incorporarse a la Aldea de Santiago a apoyarles, en un principio sería por un mes o dos meses nada más… no obstante, ya han pasado varios años y la tía Chely sigue trabajando en Madreselvas, aunque ella deja claro que «no me quiero ir».

«He tenido que ir adaptándome a los tiempos porque los niños, como la sociedad, han evolucionado y no son como los de antes. Conozco muchas realidades, pero los niños son niños en todas partes”, reflexionó la tía Chely.

Su vida como madre

aldeas1Además, señala que ha vivido muchas alegrías como madre. Tiene hijos de más de 50 años que la siguen llamando para su cumpleaños, para navidad, por año nuevo o para el día de la madre. La visitan cuando pueden y ella, cuando tiene la oportunidad, no deja de ir a verles.  Cuando va a Arica, allá se juntan, no todos, pero siempre llegan, saben que está su mamá Chely y se corre la voz “oye, llegó la mami Chely”. Lo mismo pasa cuando va a Concepción, se junta con sus hijas grandes, con sus nietos y eso supone para Graciela una alegría infinita.

Además de todos los niños que crió en la Aldea, Graciela tuvo un hijo biológico, se llama Mauricio y es kinesiólogo. A él le gusta su labor en Aldeas, siempre entendió que su madre quisiera dedicar su vida a ayudar a otros niños y niñas que tuvieron la misma suerte que él y, por ello, la admira. Vivió con ella y con sus hermanos SOS en Aldeas hasta que se independizó. Graciela comenta que no porque fuera hijo biológico tenía preferencias respecto al resto de niños, al contrario, él ayudaba a los otros y se llaman hermanos entre sí, brother, bro, hasta el día de hoy. Comparten una historia muy linda que les vincula para siempre.

Infancia y Aldeas Infantiles

De acuerdo a su experiencia con tantas generaciones, Graciela cree que a un niño es necesario que se le respeten todos sus derechos y requiere atenciones, cuidados y mucho amor que un adulto debe proporcionarle. “Es importante que no se olviden que cuentan con una familia biológica, que tienen raíces, que hay una madre y un padre. Yo eso lo he visto y lo he estudiado, a veces reniegan de su familia, pero es importante que se les ayude a volver con sus familias, tienen derecho a eso”, expresa Graciela.

Como explica Graciela, las directrices y algunas formas de trabajo han cambiado desde que ella empezó. Actualmente, la Convención sobre los Derechos del Niño de las Naciones Unidas establecen la importancia del derecho a vivir en familia, por ello, Aldeas desarrolla programas de revinculación familiar para que las familias biológicas puedan recuperar la tuición de sus hijos lo antes posible. Las mamás SOS se han convertido en cuidadoras de trato directo, que se llaman “tía” por los niños y componentes de Aldeas.

“Aldeas para mí no es una opción de trabajo, es una opción de vida”, explica. Su paso por Aldeas, el cual todavía no ha finalizado, le ha exigido una entrega absoluta, física y emocionalmente, de una forma completa: cuidando de noche y de día, todas las semanas, meses y años a generaciones de niños y adolescentes que sufrieron abandono o vulneración de sus derechos y que, precisamente por ello, requerían de mucho cariño, dedicación, atención y protección. No obstante, Graciela nunca lo vio como una exigencia, para ella siempre lo ha considerado su misión en este mundo, una forma de vida que le ha permitido ser feliz y desarrollarse de forma plena tanto a nivel profesional como personal.

Aldeas Infantiles SOS Chile

Aldeas Infantiles SOS es una organización internacional, sin fines de lucro, que lleva 50 años en Chile. Nuestra organización centra su trabajo en el cuidado de los niños, niñas y adolescentes que no pueden vivir con sus familias de origen y contribuye a que los padres fortalezcan sus habilidades en el cuidado de sus hijos.

Conoce cómo funciona una Aldeaaquí.

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