«En Chile pasamos de confianza ciega a desconfianza ciega»

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Por Loreto Lavín

José Andrés MurilloHay un clima en nuestro país de desconfianza, de enojo generalizados. Las encuestas sobre confianza en los partidos políticos están un nivel cercano a cero, y la propia Presidente, cuyo capital más importante ha sido siempre la confianza, está en su nivel más bajo históricamente. ¿Cómo te lo explicas tú que trabajas en temas de confianza?

Yo creo que hay que intentar cuestionar el concepto mismo de confianza que tenemos en nuestro país. Proliferan las columnas acerca de la confianza y la desconfianza sin preguntarse sobre la estructura de la (des)confianza, y eso es un error. Creo que hasta hace poco en Chile vivíamos en un esquema de confianza ciega en las autoridades y poderes políticos, económicos y religiosos, pero también en las relaciones en general. La confianza ciega es pura ceguera y se construye generalmente en la imposibilidad de cuestionar. Ya sea por miedo o negligencia, pero no se cuestiona a quien tiene poder o a la persona en quien uno pone la confianza (es decir, ante quien uno es vulnerable). Eso es tan típico chileno.

Pero hoy el clima es más bien de desconfianza que de confianza ciega.

Es que pasamos de la confianza ciega a la desconfianza generalizada, que también es un tipo de ceguera. Yo diría que pasamos de confianza ciega a desconfianza ciega. La desconfianza generalizada consiste en pensar que no se puede confiar en nadie, sobre todo en ninguna persona con poder porque siempre abusará de ese poder. El problema es que la confianza es necesaria para que funcione la sociedad a nivel relacional, político, laboral, económico. Cuando el clima nacional es de desconfianza generalizada se dificulta todo tipo de relaciones sociales y esto además de ser problemático, puede llegar a ser peligroso. Se ha estudiado mucho como la desconfianza encarece las relaciones contractuales en general, yo creo que las puede hacer incluso imposibles.

¿Pasamos entonces de un extremo al otro?

La confianza ciega y la desconfianza generalizada son lo que llamamos en Fundación para la Confianza, las confianzas patológicas. La confianza ciega es la confianza narcisista y la desconfianza generalizada es la confianza paranoica. Desde la confianza narcisista, que cree que no es necesario cuestionar, que no se atreve a hacerlo por evitar los conflictos a toda costa, pasamos sin escala a la confianza paranoica, pensando que todo poder es un poder abusador. Es cierto que los poderes económicos, políticos y religiosos se han mostrado en algunas oportunidades como abusadores. Y entonces entramos en la lógica de la desconfianza generalizada, incluso ante la justicia. Lo más peligroso de esto es que el lugar de la justicia lo toma la venganza y eso puede ser fatal para una sociedad.

Cuando se vive un clima de confianza ciega, el lugar de la justicia lo toma la arbitrariedad. Confiar ciegamente en los contratos da lugar inmediato a las arbitrariedades y así a los abusos. Desconfiar de los contratos, incluso del contrato social, da lugar a la imposibilidad de la sociedad.

Pero ¿cuál es la salida entonces? ¿Crees que es posible reconstruir la confianza?

Yo creo que sí, pero eso no ocurre automáticamente. Es más, no creo que la confianza se reconstruya por decreto ni por piedad, ni naturalmente. La confianza se reconstruye ahí donde se reconstruyen las condiciones para confiar. La primera condición para la confianza es la justicia. Si en la confianza ciega las relaciones se viven desde la arbitrariedad y el abuso de poder, y en la desconfianza generalizada se viven desde la venganza, entonces, la confianza sana, lo que hemos llamado confianza lúcida, debería vivirse desde la justicia, la justicia en serio. Sin buscar “arreglines” ni venganzas. La gente está enojada, dice la Presidenta. Yo diría que está indignada, y esta es una linda palabra, porque habla de la dignidad. La gente está in-dignada porque han visto su dignidad vulnerada ante los abusos de poder.

¿Cuál es la reacción política y socialmente sana ante los abusos de poder? Primero el enojo, la rabia y de ahí la indignación, la que quiere restablecer la dignidad y no la que quiere destruir la dignidad de otros en la venganza. Aristóteles la llama “justa indignación”, y es lo que estamos viviendo hoy. El problema es la reacción ante la indignación. Insisto en que la ceguera de los arreglos, los borrones y cuentas nuevas no restablecen confianza, sino que crean sensación de impunidad, de abuso, arbitrariedad. Y la venganza destruye el espacio que hace posible la confianza. De todas las condiciones que hemos trabajado en la Fundación para restablecer la confianza, diría que la primera y más importante sobre todo hoy es la Justicia.

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