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Libres pero presos

La libertad condicional reabrió la discusión sobre el sistema penal y aumentó el fervor ciudadano en contra de la delincuencia. Gendarmería vaticina que un gran porcentaje de los liberados volverá a delinquir. Gran parte de la población está indignada; dicen sentirse impotentes, abandonados por las autoridades y desprotegidos en un país cada vez más inseguro. Por otro lado, hay más de 1600 reos que están “libres”.

Por Bárbara Soto, Yoelijo afterschool

La libertad condicional reabrió la discusión sobre el sistema penal y aumentó el fervor ciudadano en contra de la delincuencia. Gendarmería vaticina que un gran porcentaje de los liberados volverá a delinquir. Gran parte de la población está indignada; dicen sentirse impotentes, abandonados por las autoridades y desprotegidos en un país cada vez más inseguro. Por otro lado, hay más de 1600 reos que están “libres”.

Libres para respirar aire más puro, de caminar por donde quieran y de abrazar a sus seres queridos, pero no nos confundamos, en la práctica siguen presos. La libertad en su definición más pura significa tener la facultad de elegir y ellos definitivamente no la tienen. Y si en el mejor de los casos la elección fuera el arrepentimiento sepa usted que en Chile hay nulas posibilidades de cambio. La cosa se convierte entonces en un círculo vicioso y la temida delincuencia aumenta.

El problema es más grave y la solución para alivianar la población carcelaria definitivamente no es dejarlos libres a diestra y siniestra. La clave está en crear programas de reinserción real – al menos para quienes han cometido delitos menores−. Y aunque a muchos les moleste tener que destinar recursos a esto, en la más simple lógica significa invertir en seguridad ciudadana pero también en segundas oportunidades. Y aquí es donde los fanáticos de mirar para el lado debieran pedir a gritos que sigamos los pasos de países como Suecia y Holanda que han tenido que cerrar centros penitenciarios por falta de reos.

¿Cómo lo hicieron? programas de reinserción; esperanza de futuro, trabajo y una estadía en la cárcel a lo menos digna. Porque a decir verdad, quienes hemos trabajado dentro del sistema penal sabemos que es muy difícil que alguien se rehabilite luego de estar preso en Chile. Luego de vivir hacinados, con la violencia como compañera de celda, con un par de metros cuadrados para estirar las piernas y con las cucarachas caminando por tu cuerpo como un común. Al cumplir la condena, no hay trabajo, para ellos las puertas están cerradas y bajo cinco llaves.

Y no crea que yo no he sido víctima de delitos, la cosa es que igualmente he sido testigo de la injusticia. Sepa que ellos también son víctimas de un sistema perverso, con pocas opciones, familias con largos historiales de delito, barrios donde la droga es el pan de cada día, mala educación, nula esperanza de cumplir metas y ni pensar en soñar.

Invito a quienes lean esta columna a ser agradecidos de la posibilidad de dormir en una cama limpia, de poder abrazar a sus familias libremente y de haber seguido el camino correcto a pesar de la falta de oportunidades que hay en nuestro país. Y esta vez también les pido compasión por aquellos que nunca tendrán la libertad de elegir.

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  • ¡Excelente columna, Bárbara! Efectivamente tenemos mucho que hacer como país para romper los ciclos que llevan a vivir de la delincuencia: trabajar con las familias, trabajar en educación, crear conciencia por el otro y nosotros mismos. Que lo que vemos a nuestro alrededor sirva para cargar energías y trabajar para que cada niño (y adulto) en Chile tenga la libertad de elegir.